La Isla del Tesoro, comprado por $5000 en 1986

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Fantasmas

Estas últimas noches están conmigo. No son esos de carne y hueso que por meses hicieron que durmiera con el sobresalto de que podían volver a entrar al departamento, ya no para sacar más cosas, prácticamente se llevaron todo, si no para seguir haciendo daño, ese que aparece cuando exponen tu vulnerabilidad e impotencia. No, no son esos. Tampoco aquellos que son como energías sin descanso cuya, inexplicablemente, principal tarea es venirte a quitar el sueño con visiones o sensaciones misterio y terror. Se trata del librero principal, o más precisamente de los libros y otros trastes que hay ahí, de mi departamento. Un reacomodo en la recámara, en una de las posiciones de cama, me hace mirar ese librero, esos libros y he visto cosas sorprendentes. Sombras que configuran cuerpos y, lo más sorprendentes, arreglos de libros que, a partir del reflejo de los autos de la avenida que los alumbran, cobran movimientos y se tornan en objetos con vida. Digo que me ha pasado ya varias noches. Ayer mismo lo que surgió fue una luz tintineante en una de los pliegues entre libro y libro. Cerraba mis ojos para intentar dormir, luego los abría y ahí seguía esa luz, llamándome, en la entrevela acabe recuperando el sueño y ya no supe más de ella. Hasta hoy se me ocurrió identificar el libro del cual se desprendía la luz. Intentaré ubicarlo aunque con luz seguramente será una visión distinta, no estarán ahí.

Hacernos preguntas

Leí la nota de León Krauze donde dialoga con Peter Singer, un experto en bioética, sobre la justificación moral que tiene hoy en día la existencia de los zoológicos. Esta entrevista surgió a propósito de las imágenes que se difundieron desde Copenhague en febrero de este año del sacrificio de una jirafa, enferma o tal vez muerta, que luego, enfrente del público, fue ofrecida a los leones.

Me llamó la atención la nota porque a mí me gusta ir a los zoológicos. Pero me atrajo más leer los argumentos que Singer esgrime para censurar la apertura de nuevos zoológicos o aquellos en donde los animales no tienen condiciones adecuadas de vida, pero también aboga que los que ya existen no pueden desaparecer bien porque los animales ya no son capaces de regresar a sus hábitats o bien porque estos ya no existen o están en peligro de extensión. Y me sorprendió más los argumentos con los que crítica a aquellos que se escandalizaron por el espectáculo de la jirafa.

Esa nota, el hecho, los argumentos, las diferentes posiciones ante el hecho, me recordó la importancia de hacernos muchas preguntas, al estilo de muchos filósofos de profesión y aquellos que lo son porque así es su naturaleza, de muchas cuestiones, sobre todo aquellas que adoptamos por gusto o por afinidad o por costumbre y que ya sean individuales o colectivas siempre tienen implicaciones más allá del tiempo y el espacio.

Cotidianeidad oculta

La Sala Jaime Sabines es uno de los salones del Centro Cultural Jaime Torres Bodet. Diversas actividades culturales, recreativas y formativas han ocurrido en esa sala con paredes vestidas por diversas fotografías de nuestro poeta chiapaneco. A Lupita, hace un año, le tocó organizar un juego de lotería como parte de las actividades lúdicas de una feria infantil. En otras ocasiones había ocupado botones o piedritas, pero, esa mañana, dada la premura de la recolección de los materiales decidió tomar semillas y granos de su despensa. Ya en el salón, organizó las mesas con las cartas del juego y puños de frijoles, lentejas y garbanzos. Como todo momento de solaz en la niñez ese salón no sólo se llenó de la voz de la Lupita y de la de todos los niños que se preguntaban unos a otros si ya había pasado tal o cual carta sino también de semillas enviadas de una mesa a otra por medio de tiros parabólicos para afinar la puntería. Así fue como nuestro frijol llegó al suelo. Muchos de ellos llegaron al piso pero ninguno como él resistió a las múltiples y concienzudas limpiezas de la sala. Mañana cumpliría un año viviendo en el anonimato y nutriéndose de las múltiples actividades de los usuarios del salón. Pero sagaz como era, no pudo ocultarse a la mirada de Andrés Fonseca, quien nos pidió que buscáramos en nuestro alrededor pequeños vestigios del paso por otras personas materializadas en un rastro como algo tirado y olvidado con la finalidad de romper creativamente nuestra cotidianeidad. Ya rescatado el frijol y sometido como modelo para reproducirlo ya a mano alzada ya en papel, ya con un poco de plastilina, nos mira, detrás de sus pecas, con sus ojos de frijol, en la zozobra sobre qué haremos con él una vez que termine el taller y preguntándose si cumplirá su año de vida.

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